miércoles, 22 de octubre de 2008

TEMPUS


La vida de un hombre se esgrime leyendo

las lustrosas horas del pasado,

espacios sin registros grabados ancestrales

y esclavos remando en galeras,

el hombre cierra el libro, polvo y los esclavos continúan...

como lo hacían esos antiguos escritores de viajes

engrasando continuamente su reloj de bolsillo mientras

avanzaban a través de las fronteras literarias

invisibles en la actualidad.

La vida de ese hombre recurre a los retratos y ofelias sumergidas,

despierta en él la necesidad

de describir la tierra, de explorar

y dibujar jirones de luz donde se creyó que no existía el día.

Ese hombre levanta la piel que cubre la Historia

en la expresión contenida de las odaliscas que se atusan el pelo

tras la vidrieras del tiempo en aquellos jardines de Bizancio.

El peso del retratista descansa entre pigmentos naturales

y etéreas sedas rodeando el rostro de palaciegas mujeres,

demostraron así, la fragilidad del personaje.

La vida de un hombre pertenece a sus intentos

de redescubrir las prisas que ocasionan

pretenciosas, el devenir de las huellas en sus retratos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
LaMediterranea dijo...

bonito texto, rotos rasgos roídos desde la arena mediterránea...
jau

tournesols dijo...

Precioso, Lu.

*

raúl quinto dijo...

todavía no sé qué compañera de carrera eres...