Descruzas las manos,
esas que dices ya no duelen,
y todo se puede vaciar
en el hueco que forman tu voz y la mía,
esa manera
de trepar por los tallos,
de agarrar la tregua,
mientras hilvanamos
lo que se va desbrozando
cuando rozamos los contornos,
si esquivas el negativo de nuestra sombra.
Y ahora, la geometría
que desconoce la noche,
tropieza con un temblor acústico
y finge, en esta habitación que respira humedades,
lo que aún no sabemos que genera
cada principio de armonía.
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