Vibrar no es la palabra.
Incendios que borran con tiza
esa cremallera que vertebra tu espalda.
Describo con este tacto olvidado:
un paisaje horadado, casi agreste
en su espina, moldea un vaso roto.
Caen o brotan las palabras, casi
como castigo. Y yo imagino
un brazo o un niño, como forma
de escapar a la belleza.
Arde, más, el idioma.
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